Ayer subimos la montaña entre niebla.
Del coche al refugio. Café, pis en baño turco, nada de “brioches”.
El camino se extiende fácil como una mujer fácil. Hermoso, como una mujer aunque sea fácil.
Trotamos los cuatro, las zapatillas bailan y obligo a crema solar a quien me encuentro. “El sol ha cambiado” repito, “lo dice mi padre”, remato. Embadurnar contra su voluntad a los suegros es un rito de iniciación inesperado.
Intento ser guapa sobre la cuesta blanca. La riñonera es obstáculo obsceno, pero cedo. Respirar empieza a costar. Llevamos sólo dos vueltas de serpiente.
Mi hombre se vuelve el mismo de todas las fotos. Ojos de fondo de bosque, niño perdido entre pinos. Se me había perdido el duende, aquí está.
Mi suegro no tiene frío, mi suegra no tiene prisa.
Y yo, por primera vez, no tengo problemas.
La montaña es la única que merece miradas. Se abre las carnes verdes para darme vértigo – yo le abro todos los ojos para que se me pierda dentro.
Una cueva para la Virgen al final de la cuerda de alambre. Estrella alpina a sus pies, estrella de la mañana. En Trentino faltan grutas uterinas para un regazo de madre santa, y cumbres de soledad para cruces descarnadas. Religión de roca y refugio, incienso de pinos y manos heridas.
El viento me atraviesa los oídos. Las gafas de sol me mantienen guapa, pase lo que pase – elemento base del kit de emergencia – y hacen dorado el mundo y el trigo. Montañas de trigo. Inmensas moles rubias, piscinas verticales cuesta arriba, espaldas relucientes cuesta abajo.
Mido luz, exposición, ¿dónde cabe el viento en mi objetivo? Las nubes me peinan y parecerán leche una vez revelado el carrete. Cardos como reinonas, rebeldes expresionistas de la flora montañera. Cardos maravillosos – Escocia, nación de poetas.
Entramos en una nube. La casa de Dios. Su rostro entre la luz de la nada que nos circunda – y sabemos que, desde fuera, es una boina de agua. Entramos en el silencio, “montaña: maestra muda”. Sólo nuestro camino blanco, fácil como al principio. Con el aliento escaso, los muslos fríos como el mármol fresco. Baja un niño en bicicleta de la nada, entra en la nada. Un niño. En bicicleta. Porque antes ha subido. Lo que yo ahora sudo, él lo ha subido sin un solo plano clemente. Niño héroe de la niebla y yo, generación de sofá, me resigno a la fauna de urbanización para siempre.
Entre la nada, una alcantarilla. Mi hombre me dice que es del refugio. Cuando no se ve, hay que creer a los signos, es razonable. En el parque un adolescente se ha construido un entorno apocalíptico. Con la cara oculta en la capucha de colores, pende a medio cuerpo sobre el camino, entre columpios malditos y el tobogán de la muerte. Oscuridad japonesa y portada para myspace, que un perro vivísimo le estropea. Nos recuerda, que la nada es sólo niebla y la comida, perdón, el refugio, se yergue humeante ante nuestras bocas. Nunca una casa fantasma me dio tanta hambre.