Por la mañana es más fácil acostumbrarme a ti.

Todo llega despacio,

(primero el sonido, un vago malestar,

después el cuerpo – tripas, ojos, almohada -,

luego el espacio caliente entre tus hombros,

que acuna mi rostro y es mi trinchera

antes de tomar conciencia.

 

Con un beso aun caliente,

( último gesto antes de empuñar el día)

empiezo ya a echarte de menos e intuyo

lo que a las 6 o a las 10 de la noche es certeza.

 

Que no sé por qué te tengo.

Ninguna inercia tirana nos ha unido.

No estamos fatalmente destinados a querernos,

ni a custodiar nuestra historia decidida de antemano.

 

Sino que, por la tarde,

con la ristra de dragones muertos a tu espalda,

y una brasa de sueños que se ponen con el sol hasta mañana,

te descubro al otro lado de mi puerta

y una fiesta me recorre.

 

Se abre un cielo entre mi abrazo

y tu barba con olor a chimenea.

 

El  mundo está hecho para mí,

porque existes. Porque quieres ser mejor

para saber que sonrío. Porque tu deseo

me deja sentarme cerca con el mío.

 

Eres un palacio fresco de luz

tamizada y firmes columnas,

y alrededor de la hoguera que arde

bajo tus bóvedas añejas,

baila mi vida, como lo haría en la azotea.

El sol llena la cocina de cuerpo y silencio.
Y la vacía, si al otro lado del abrazo macizo no hay un rostro.
Extiendo los dedos sobre la región caliente de la mesa. Ojalá pudiera pasar el resto de la tarde dejando que la luz me caliente a su paso por la madera.
Pasa un coche pero el reloj lo ignora. Sigue recitando su canto de sobremesa y único testigo. Cuando sólo se oyen las agujas tenemos permiso para pensar, por fin, sin producir nada a cambio, siguiendo despacio las líneas que los árboles han dejado sobre la mesa. Sin disimular que pensamos, o que soñamos a través de la pared y la noche.

Dos mujeres discuten en el despacho de al lado. Estoy en la oficina. Qué vergüenza si me descubrieran pensando. En público. Si me apuran, en horario laboral. Concentrarme siempre, no perder piezas y ordenarlas según su importancia. Tomar distancia de vez en cuando para no olvidar su lugar en el puzzle. Y luchar contra el impulso de amontonarlas por grupos, formando nombres o caras, o altas torres en precario equilibrio. Qué cansancio.

Dan ganas de lamer las piedras que brillan en el vaso, O dibujar mis uñas con el esmalte roto. Y los rostros preocupados de mis colegas, todas hermosas; pero para esto último convendría ser invisible.

Hacer
lo que
debo
- sólo
eso -
ahora,
bien.

Santa Teresa, mujer
auténtica, maciza y surcada
como esta madera.
Bella,
amada y viva, por siempre.
Mujer que ríe a la cara,
que sufre,
hecha carne,
ante el Misterio.

Me entiendes.

Muda – más que yo -
ante el Misterio.

Ora pro nobis.

En este poema, cada línea es verdad:

Soy hombre:
duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

 

Octavio Paz

No sé por qué esta canción me llena de euforia y nostalgia a la vez. ¿Le pasará a todos?

I was down at the New Amsterdam
staring at this yellow-haired girl
Mr. Jones strikes up a conversation with this black-haired flamenco dancer
She dances while his father plays guitar
She’s suddenly beautiful
We all want something beautiful
I wish I was beautiful
So come dance this silence down through the morning

Cut up Maria! Show me some of them Spanish dances
Pass me a bottle, Mr. Jones
Believe in me
Help me believe in anything
I want to be someone who believes

Mr. Jones and me tell each other fairy tales
Stare at the beautiful women
“She’s looking at you. Ah, no, no, she’s looking at me.”
Smiling in the bright lights
Coming through in stereo
When everybody loves you, you can never be lonely

I will paint my picture
Paint myself in blue and red and black and gray
All of the beautiful colors are very very meaningful
Grey is my favorite color
I felt so symbolic yesterday
If I knew Picasso
I would buy myself a gray guitar and play

Mr. Jones and me look into the future
Stare at the beautiful women
“She’s looking at you.
Uh, I don’t think so. She’s looking at me.”
Standing in the spotlight
I bought myself a gray guitar
When everybody loves me, I will never be lonely

I want to be a lion
Everybody wants to pass as cats
We all want to be big big stars, but we got different reasons for that
Believe in me because I don’t believe in anything
and I want to be someone to believe

Mr. Jones and me stumbling through the barrio
Yeah we stare at the beautiful women
“She’s perfect for you, Man, there’s got to be somebody for me.”
I want to be Bob Dylan
Mr. Jones wishes he was someone just a little more funky
When everybody loves you, son, that’s just about as funky as you can be

Mr. Jones and me staring at the video
When I look at the television, I want to see me staring right back at me
We all want to be big stars, but we don’t know why and we don’t know how
But when everybody loves me, I’m going to be just about as happy as can be
Mr. Jones and me, we’re gonna be big stars…

 Mr Jones, Counting Crowes

[Gracias a Lyrics Depot]

Con un gesto el mundo plástico levanta catedrales vacías – espacios versátiles.

Descubre – corta, pega –información. Libre de todo. De derechos. De fuentes.

Las páginas se pasan en pantalla y las horas no se tienen. Se pierden.

¿De qué sirve aprender si nadie sabe, si con un gesto los datos del consenso acuden a las teclas? La verdad se mide por entradas en el buscador.

 

Pero él se levanta a las 4.00. Luego ríe y dice “basta lavorare!” pero se ha levantado a las 4.00. Nostalgia de libros – a las 4.oo nadie llama y nadie miente. Los libros no responden ni se ofenden. Se ofrecen, generosos en carne y tiempo. Él ofrece verdad y sonrisa. La generosidad se aprende de los libros.

 

El pudor auténtico de un gigante conmueve. Ríe, escucha, farfulla chistes y críticas mordaces, se finge tonto, cura casposo, retrógrado cínico, elitista monseñor. Cuando en realidad es catedral inmensa y llena de incienso, luz y frescura. De silencio (a las 4.oo, calla Venecia mojada). Basta un gesto y se descubre una vidriera, que vuelve a cubrir patoso, con sonoras carcajadas. Columnas de Oxford, mosaicos de Roma e ironía de taberna (cuando en ella se compartían canciones con el ala invernal del castillo).

 

 

Aunque dirijas el mundo a desgana, entre diamantes plásticos y silicona viscosa, me has mirado a los ojos (¿recuerdas?). Lo sé. Lo sabes. Y eso basta, porque también Dios lo sabe.

Ayer subimos la montaña entre niebla.

Del coche al refugio. Café, pis en baño turco, nada de “brioches”.  

El camino se extiende fácil como una mujer fácil. Hermoso, como una mujer aunque sea fácil.

Trotamos los cuatro, las zapatillas bailan y obligo a crema solar a quien me encuentro. “El sol ha cambiado” repito, “lo dice mi padre”, remato. Embadurnar contra su voluntad a los suegros es un rito de iniciación inesperado.

Intento ser guapa sobre la cuesta blanca. La riñonera es obstáculo obsceno, pero cedo. Respirar empieza a costar. Llevamos sólo dos vueltas de serpiente.

Mi hombre se vuelve el mismo de todas las fotos. Ojos de fondo de bosque, niño perdido entre pinos. Se me había perdido el duende, aquí está.

Mi suegro no tiene frío, mi suegra no tiene prisa.

Y yo, por primera vez, no tengo problemas.

La montaña es la única que merece miradas. Se abre las carnes verdes para darme vértigo – yo le abro todos los ojos para que se me pierda dentro.

Una cueva para la Virgen al final de la cuerda de alambre. Estrella alpina a sus pies, estrella de la mañana. En Trentino faltan grutas uterinas para un regazo de madre santa, y cumbres de soledad para cruces descarnadas. Religión de roca y refugio, incienso de pinos y manos heridas.

El viento me atraviesa los oídos. Las gafas de sol me mantienen guapa, pase lo que pase – elemento base del kit de emergencia – y hacen dorado el mundo y el trigo. Montañas de trigo. Inmensas moles rubias, piscinas verticales cuesta arriba, espaldas relucientes cuesta abajo.

Mido luz, exposición, ¿dónde cabe el viento en mi objetivo? Las nubes me peinan y parecerán leche una vez revelado el carrete. Cardos como reinonas, rebeldes expresionistas de la flora montañera. Cardos maravillosos – Escocia, nación de poetas.

 

Entramos en una nube. La casa de Dios. Su rostro entre la luz de la nada que nos circunda – y sabemos que, desde fuera, es una boina de agua. Entramos en el silencio, “montaña: maestra muda”. Sólo nuestro camino blanco, fácil como al principio. Con el aliento escaso, los muslos fríos como el mármol fresco. Baja un niño en bicicleta de la nada, entra en la nada. Un niño. En bicicleta. Porque antes ha subido. Lo que yo ahora sudo, él lo ha subido sin un solo plano clemente. Niño héroe de la niebla y yo, generación de sofá, me resigno a la fauna de urbanización para siempre.

 

Entre la nada, una alcantarilla. Mi hombre me dice que es del refugio. Cuando no se ve, hay que creer a los signos, es razonable. En el parque un adolescente se ha construido un entorno apocalíptico. Con la cara oculta en la capucha de colores, pende a medio cuerpo sobre el camino, entre columpios malditos y el tobogán de la muerte. Oscuridad japonesa y portada para myspace, que un perro vivísimo le estropea. Nos recuerda, que la nada es sólo niebla y la comida, perdón, el refugio, se yergue humeante ante nuestras bocas. Nunca una casa fantasma me dio tanta hambre.

Sabes que basta que me afilen y estoy lista. Reluciente mi lengua, como llama de acero y blanda caricia.

Una espada con miedo a cortar se queda en su vaina.

Si el sol sale todos los días y mi cuerpo, doliente, sangra cada mes, ¿por qué el desorden parece mi naturaleza auténtica, y debo hacerme violencia para ser fiel?

 

¿No aprende mi mente de la carne sabia que repite horadando el espacio? Cuánto desearía ser como el rocío y derramarme en minúscula constancia, antes de que la mañana venga a retozar al prado. Darme en gotas ciertas e invisibles.       
Ser indomablemente fiel, como lo que no es carne, al crecer. Pelo, uñas, cabello, no se cansan de invadirme, no temen a la cimitarra de la venganza contra la mujer. Ni siquiera el tiempo, que miraba, incrédula, arañar el cuerpo de las señoras, se para ante mi extrañeza. Quiere probar también el mío, oxidarme y pudrirme con sencillez y humilde cotidianidad.

 

Pero son constantes, estas bestias inconscientes.

 

Y yo, que soy poco menos que un ángel, que digo sí y digo no, como universos en llamas que nacen y mueren, soy incapaz de constancia. Naturaleza absurda, ¿quién te manda? Extranjera en mi casa, haces que mi deseo hable lenguas extrañas.

 

Naturaleza, al fin y al cabo. No caminaré con los ojos cerrados. Amaré mi decisión arrancada del fondo del lecho – del mío – con la esperanza de que algo quede arrastrándome hasta esta mesa casi todas las mañanas. Un sedimento, una necesidad. Un arte, que es lo que quiero. Un beso de la vida al despertarme, un beso devuelto sobre su frente tierna de inicio e historia presente.

 

Voluntad de fin de siglo acabado, de ondas aéreas y lenguas binarias. De padres que siguen buscando una estrella perdida – con razón – sin nostalgia de arados y estaciones ciertas. Y mi fin de siglo recién muerto, mi generación desterrada, no sabe a qué sujetarse cada mañana para responder a su beso. Habrá que aprender del deseo, brújula incontestable escondida en el fondo de nuestra mochila.

Qué vergüenza dedicar tiempo a lo que necesito. Perderlo cuesta menos. No se puede esperar ningún resultado. Decir, sin embargo, “¡basta! A partir de ahora, caiga quien caiga, haré lo que necesito”, me deja – después de la decisión y el ruido – ante un abismo embarazoso.

 

Decidir, por ejemplo: “escribo”, con todas sus letras y siglos, me hace sonrojar bastante ante mi hoja de papel o de píxeles. 60 minutos y un marido recién estrenado que espera al otro lado de la puerta que deshaga la maleta.

 

Escribo, cada mañana a partir de hoy, ¿sobre qué?

Sobre por qué escribo.

 

Para sobrevivirme, creo. Porque mi cabeza es pequeña para todo lo que la habita, debo dar a luz de vez en cuando. Es cuestión de la vida o la muerte de los que me rodean. De mi salud y mi horario, mi dinero y mi nombre sobre una tarjeta de visita.

 

Es cuestión, en realidad – pero esto lo cuento a los maestros o a los maridos que, cuando son novios, escuchan con atención los movimientos de mis párpados – es cuestión, decía, de mi alma. De si vive o si muere.

 

Se crea en lo que se crea, un alma muerta es algo atroz. Es como un ruido ensordecedor que sólo aumenta de volumen mientras la luz blanca golpea un cuerpo cansado y áspero. Un sabor a podredumbre amarga que deja sentir todos sus grumos. Un vacío sin vértigo ni objetivo. Un alma muerta, que aparece a todos al menos una vez en la punta de la lengua, y cuyo recuerdo sigue presente de por vida en el resto de los sabores.

 

Para que no se me muera el alma, he decidido luchar contra el sonrojo. Porque un alma muere cuando no es quien debe ser. Y “quien debe ser” no lo decide ella; se entera por un grito sutil que nunca para. Como la gota de Chopin. Mi grito sutil e insistente – cruel, afilado, omnipresente – es que las cosas son bellas y se hablan entre sí, cantándose al oído la misma sinfonía que nuestro corazón tararea con los labios cerrados. En un silencio espléndido.

 

Y yo escribo para señalar ese concierto. Por si soy la única que lo escucha. O por si otros, cuando entrecierran los ojos e inclinan la cabeza, creen oír algo ellos también, para decirles que escuchen. Que es una sinfonía, también cuando todo está callado y se deja mirar, en el equilibrio carnal de los vacíos de las ramas o la cortina blanca que no roza la mesa verde que ahora me sostiene. Cuando a los pies de las escaleras mecánicas las caras que sudan y soportan el tiempo encierran un mar de vida y deseo.

 

(Y les miraría, uno a uno, durante horas, si me dejaran).

 

Sobre el deseo que atrae a las cosas entre ellas y lanza a las personas en todas las direcciones, es la música que quiero contar. Sobre los momentos en los que la pieza se trata de una fuga, y el tiempo se precipita para revelarse, sobre ti, en un único instante que se escapa y es siempre el mismo: el que deseas cada mañana.

 

Sobre esa fuga.

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