El sol llena la cocina de cuerpo y silencio.
Y la vacía, si al otro lado del abrazo macizo no hay un rostro.
Extiendo los dedos sobre la región caliente de la mesa. Ojalá pudiera pasar el resto de la tarde dejando que la luz me caliente a su paso por la madera.
Pasa un coche pero el reloj lo ignora. Sigue recitando su canto de sobremesa y único testigo. Cuando sólo se oyen las agujas tenemos permiso para pensar, por fin, sin producir nada a cambio, siguiendo despacio las líneas que los árboles han dejado sobre la mesa. Sin disimular que pensamos, o que soñamos a través de la pared y la noche.

Dos mujeres discuten en el despacho de al lado. Estoy en la oficina. Qué vergüenza si me descubrieran pensando. En público. Si me apuran, en horario laboral. Concentrarme siempre, no perder piezas y ordenarlas según su importancia. Tomar distancia de vez en cuando para no olvidar su lugar en el puzzle. Y luchar contra el impulso de amontonarlas por grupos, formando nombres o caras, o altas torres en precario equilibrio. Qué cansancio.

Dan ganas de lamer las piedras que brillan en el vaso, O dibujar mis uñas con el esmalte roto. Y los rostros preocupados de mis colegas, todas hermosas; pero para esto último convendría ser invisible.

Hacer
lo que
debo
- sólo
eso -
ahora,
bien.

Santa Teresa, mujer
auténtica, maciza y surcada
como esta madera.
Bella,
amada y viva, por siempre.
Mujer que ríe a la cara,
que sufre,
hecha carne,
ante el Misterio.

Me entiendes.

Muda – más que yo -
ante el Misterio.

Ora pro nobis.

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