Por la mañana es más fácil acostumbrarme a ti.

Todo llega despacio,

(primero el sonido, un vago malestar,

después el cuerpo – tripas, ojos, almohada -,

luego el espacio caliente entre tus hombros,

que acuna mi rostro y es mi trinchera

antes de tomar conciencia.

 

Con un beso aun caliente,

( último gesto antes de empuñar el día)

empiezo ya a echarte de menos e intuyo

lo que a las 6 o a las 10 de la noche es certeza.

 

Que no sé por qué te tengo.

Ninguna inercia tirana nos ha unido.

No estamos fatalmente destinados a querernos,

ni a custodiar nuestra historia decidida de antemano.

 

Sino que, por la tarde,

con la ristra de dragones muertos a tu espalda,

y una brasa de sueños que se ponen con el sol hasta mañana,

te descubro al otro lado de mi puerta

y una fiesta me recorre.

 

Se abre un cielo entre mi abrazo

y tu barba con olor a chimenea.

 

El  mundo está hecho para mí,

porque existes. Porque quieres ser mejor

para saber que sonrío. Porque tu deseo

me deja sentarme cerca con el mío.

 

Eres un palacio fresco de luz

tamizada y firmes columnas,

y alrededor de la hoguera que arde

bajo tus bóvedas añejas,

baila mi vida, como lo haría en la azotea.

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